lunes, 28 de marzo de 2016

SEAN MISERICORDIOSOS, COMO EL PADRE ES MISERICORDIOSO


“Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.” Jn 20, 27

Pbro. William José Vázquez Toro
Formador del Seminario Mayor
Seminario San Buenaventura

La Alegría que inundó a los Apóstoles al ver al Señor el día de la Resurrección es la que inunda el corazón de cada cristiano cuando adora y contempla la eterna Misericordia de Dios, manifestada de modo palpable en Jesús Crucificado-Resucitado. En efecto, Cristo resucitado se aparece a sus discípulos y les muestra las manos, en las que sigue teniendo las huellas de los clavos, y el costado donde sigue teniendo la herida causada por la lanza que lo traspasó; Aquél que está frente a ellos es el mismo que sufrió los insultos, la traición, la crueldad de la cruz, es sobre todo Aquél en quien Dios ha mostrado su amor hasta el extremo, sin límites, para con la humanidad: esta es la inmensa ternura de Dios. Está con ellos el que estuvo muerto pero que ahora vive eternamente. Los discípulos, que estaban encerrados por miedo, ahora rebosan de alegría.

Pero, como el apóstol Tomás, también muchas veces nos hemos apartado de la Comunidad de fe, sentimos temores y oscuridades que nos hacen huir, nos volvemos incrédulos, las frustraciones y los fracasos nos nublan la mente y cierran el corazón a las maravillas de Dios; sin embargo “el Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas” (Sal. 147,3), levanta al hombre de su miseria y le concede su paz, su perdón y su Espíritu, se conmueve profundamente por nosotros, sus hijos ante tales oscuridades, y a pesar de tantas rebeldías nos da la oportunidad de dejarnos tocar el corazón, de dejarnos abrazar, no se cansa de perdonar. Como a Tomás, Jesús Resucitado también nos pide que toquemos sus llagas gloriosas, que entremos en ellas, pero ¿qué puede significar esto?

Las llagas de Cristo las encontramos en muchas partes: en los Sacramentos, en su Palabra, en nuestros hermanos, sobre todo en los más sufrientes, excluidos y enfermos, en el dolor de nuestra sociedad, en la familia, en la comunidad, en el corazón. Jesús quiere que experimentemos su misericordia, tocando su carne viva en tantas llagas que nos salen al encuentro. ¿Soy capaz de tocar las llagas de Cristo? Sólo atreviéndonos a tocar estas llagas podremos también mostrar su misericordia al mundo, así serán dichosos los que crean sin haber visto, porque el amor de Dios se hace tangible cuando cada cristiano ofrece amor, perdón, solidaridad, respeto, tolerancia, generosidad… en esto consiste ser Misericordiosos como el Padre, tocando tantas heridas para inundarlas de la gloria del Señor.

Es una bendición celebrar en este segundo Domingo de Pascua el gran misterio de la Divina Misericordia, misterio que contemplamos de modo excepcional durante este Jubileo extraordinario de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, y que está siendo para la Iglesia una oportunidad para sumergirse cada vez más en esta hermosa realidad del amor de Dios, recordando que “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón” (Papa Francisco, Misericordiae Vultus, nº. 19). De alguna manera, la solemnidad que hoy celebramos se está prolongando durante cada día de este año jubilar en todo el mundo; en cada Diócesis, Parroquia y Comunidad eclesial se realizan peregrinaciones hacia las Puertas santas de la Misericordia, jornadas de confesiones, de oración, de atención a tantas realidades de dolor y sufrimiento, y múltiples iniciativas pastorales, que nos deben llevar a que nuestro testimonio cristiano sea auténtico.

Las obras de misericordia, corporales y espirituales, son expresión de que la gracia de Dios no queda infecunda en nosotros, sino que se hace vida, “su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado.” (Papa Francisco, Misericordiae Vultus, nº. 15) Seamos allí portadores de la alegría de Cristo resucitado, una alegría que transforma nuestra realidades oscuras y nuestros miedos, como lo fue para Tomás y los discípulos; una alegría que da su paz y perdón donde hay división, odio, violencia, inseguridad, opresión; una alegría que da esperanza allí donde hay muerte, pobreza, escasez de alimentos y medicinas, abuso de poder e injusticias, desilusión; una alegría que nos hace transmisores de la fuerza de su Espíritu allí donde hace falta el anuncio del Evangelio, donde hay un corazón dispuesto a decirle Sí al amor. Toquemos las gloriosas llagas de Jesús resucitado y proclamemos así que es Eterna su Misericordia.


La integración de la persona en la acción

según Karol Wojtyla en su obra Persona y acción.

Smta. Onías Rojas
oniasr95@gmail.com

Karol Jozef Wojtyla nace en Wadowice, Polonia el 18 de mayo de 1920, estudió en la Universidad Haghellonica de Cracovia antes de que estallara la II Guerra mundial (1939-1945), luego, ingresa en el Angelicum de Roma. Es ordenado sacerdote en 1946 y electo Papa en 1978. Muere, finalmente, en mayo del 2005. (Barrio, 2005 p. 572, 589)

En la obra Persona y acción (1969) de Karol Wojtyla, se refleja de modo general un pensamiento personalista de la visión del hombre contemporáneo analizado en base a la fenomenología de Max Scheler. Dentro del pensamiento personalista de Wojtyla, juega un papel importante el actuar del hombre, por lo que se toma el estudio del mismo a través su acto. La integración de la persona en la acción, se toma de la tercera parte de la obra mencionada.

Wojtyla parte de que el actuar es sólo de personas, es una realidad dinámica propia del hombre. Entiéndase por acción, la actuación intencionada y deliberada del hombre. Con esto se procede al estudio de la persona en la acción, teniendo en cuenta que el hombre se conoce por su acción. Para ello, Wojtyla parte, en primer lugar, explicando desde la fenomenología, su concepción antropológica. Y luego, la aplica a una visión existencial de la persona para que se dé la integración de la misma en la acción.

Wojtyla, considera que para la integración de la persona en la acción hay que tener en cuenta dos fundamentos a partir de la estructura del hombre, que distingue a éste, de un ser meramente natural. Primero, autogobierno: que indica a la persona en cuanto es aquella que se gobierna así misma y está sujeta y subordinada a sí misma; y luego, autoposesión: que indica a la persona en cuanto es aquella que se posee a sí misma y está en posesión de sí misma (cf. Wojtyla, 1982, p. 222). De esta manera se da el primer paso, es decir, se concientiza a la persona de estas dos capacidades, gobernarse y poseerse, y así toma parte en ella la autodeterminación que se entiende como el ejercicio, del hombre, de estas capacidades (cf. Wojtyla, 1982, p. 226). La persona, entonces, busca en sus actos, la trascendencia, esto es, que por el hecho de asumir esas capacidades comienza ver más allá de su realidad física.

Con esto, la persona pasa a concientizar, también, sus dimensiones, y Wojtyla, presenta éstas como dos elementos por los que la persona se manifiesta, a saber: soma y psique, los cuales toman parte activa en la integración (cf. Wojtyla, 1982, p. 231). A cada uno corresponde una característica. Al soma corresponde la reactividad y a la psique la emotividad. El primero, el soma, es la totalidad del hombre en cuanto ser físico, esto comprende el cuerpo con todo el organismo y su funcionamiento; y la reactividad es la respuesta del soma a estímulos externos, es decir, la alteración del cuerpo (cf. Wojtyla, 1982, p. 234). El segundo, la psique, es propia de las manifestaciones de la vida del hombre, que no son en sí materiales pero que muestran dependencia o condicionamiento somático, como el ver, el sentir y las emociones (cf. Wojtyla, 1982, p. 235).

La función psicosomática, toma parte en la persona para su integración en la acción, en cuanto asume las capacidades antes mencionadas, no porque sean independientes de la persona sino porque tiene sus propios dinamismos que deben ser integrados por la persona en el momento de su manifestación, es decir, en la acción.

El cuerpo es el fundamento esencial del hombre, por él, la persona se expresa externamente y el hombre se realiza como persona; por eso Wojtyla, atribuye al cuerpo la movilidad (cf. Wojtyla, 1982, p. 237). El cuerpo es objeto de la persona en cuanto ella debe gobernarlo y poseerlo para la acción (cf. Wojtyla, 1982, p. 238) y por ser parte de la naturaleza, el cuerpo en su reactividad, manifiesta la vitalidad como respuesta instintiva natural de supervivencia (cf. Wojtyla, 1982, p. 245).

viernes, 18 de marzo de 2016

“EL SEÑOR HA RESUCITADO, VERDADERAMENTE HA RESUCITADO”



“EL SEÑOR HA RESUCITADO, 

VERDADERAMENTE HA RESUCITADO”

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
Prof. del Seminario San Buenaventura
Mérida-Venezuela

Se ha vivido una semana intensa; han sido muchas las maneras de vivenciar fervorosamente el acontecimiento más característico de la Semana Santa: pasión, muerte y resurrección de Cristo. Hoy, tanto en la Palabra como en la Liturgia, Cristo es el centro luminoso, su resplandor esclarece la mirada de la mente y del corazón para reconocerle justamente como Camino, Verdad y Vida (cfr. Jn. 14, 6). El hombre está arrojado en un universo para nada incomprensible y extraño a su existencia (cfr. Gn. 22, 13). Si así fuese, la tarea divina, —la creación—, sería ajena al socorro del ser humano, pero es un todo armónico y bosquejado según el querer de Dios (cfr. Gn. 1, 31), y Él desea para el hombre lo que mejor se armonice a su vida. La creación en absoluto se cierra al auxilio del ser humano; mas él, ¿cómo la favorece? El dominio permitido por iniciativa divina (cfr. Gn. 1, 28), nunca debe acomodarse a un capricho de desprecio y de consumo desmedido (cfr. Is. 55, 2), pues tal capricho puede llegar al punto de parangonarse a la tentación por la que se obligaba al mismo Cristo, —arrancarle el milagro de liberarse del tormento—, para que probase su divinidad (cfr. Mt. 27, 40), sin advertir que tal milagro estaba desenvolviéndolo cordialmente: amor a la humanidad (cfr. Jn. 13, 12-15), perdón, y sincero reconocimiento de su divinidad en tan desolador momento, incluso por alguien desconocido (cfr. Mc. 15, 39).

La sensatez humana reconoce en el sacrificio de Cristo, el amor desinteresado con el que las cosas no solamente se usan y luego se desechan (cfr. Lc. 22, 35); ciertamente amparan a la creatura humana, y de tal modo, aun siendo cosas, se agradece a quien a través de ellas permite saborear la excelencia de un bien superior (cfr. Sal. 115, 3). La persona no es una simple cosa. No puede ni debe mercantilizarse. Dios creó la estructura organizada del cuerpo humano, para a través de sí comunicarse con el entorno que le rodea. Por supuesto, dicha estructura posee la aptitud, —así lo quiso Dios—, de no trocarse cual cosa cualquiera. Cristo asumió esa estructura organizada; y aunque el hombre, cuerpo-espíritu, fue moldeado voluntariamente por Dios (cfr. Gn. 2, 7), Cristo al tener un cuerpo, jamás lo usó para alterar su normal desarrollo, sino para mostrarle al hombre que, aun padeciendo en él la prueba del sacrificio y del dolor, concisamente en él va alzándose la magnanimidad de los valores espirituales; él lo recalcó apaciblemente: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc. 23, 24). El Evangelio se refiere al cuerpo de una manera muy real (cfr. Jn. 19, 40). No le desprecia. El evangelista permite aclarar que en el cuerpo humano de Cristo se ha delineado una teología encarnada. Él es Dios. Su cuerpo ha permitido, cual ventana, que Dios asomase su rostro misericordioso a la humanidad (cfr. Is. 54, 8). Depositaron su cuerpo en el sepulcro, y luego Él resucita. Resucita el Cristo total (cfr. Lc. 24, 2-7). El Cristo que no simplemente posee una organización psico-orgánica, sino el Cristo íntegro, que, levantándose del sepulcro, a su vez levanta al ser humano, para indicarle con su resurrección, que ninguna cosa, aun sirviéndole como a él el sepulcro (cfr. Lc. 22, 53), que ninguna persona, como quienes pusieron a prueba su poder salvador (cfr. Mt 27, 42-43), puede mantenerlo postrado a su dominio. El dominio que sujeta al hombre con pulcritud lo mostró espléndidamente Cristo: cumplir la voluntad del Padre (cfr. Lc. 22, 42); para de este modo llamar con constancia a la victoria de su resurrección con las palabras del salmista, «devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso» (Sal. 50, 14). 
                                                                                          
                                                                                          Felices pascuas de resurrección.


La Buena Noticia del Sábado Santo

La Buena Noticia del Sábado Santo, 
Vigilia Pascual /C.

Smta. Jesús Rincón.
 jesusdrs@hotmail.com

                                  Lucas 24,1-12

El primer día después del sábado, muy de mañana, llegaron las mujeres al sepulcro, llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron que la piedra ya había sido retirada del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Estando ellas todas desconcertadas por esto, se les presentaron dos varones con vestidos resplandecientes. Como ellas se llenaron de miedo e inclinaron el rostro a tierra, los varones les dijeron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado. Recuerden que cuando estaba todavía en Galilea les dijo: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado y al tercer día resucite’”. Y ellas recordaron sus palabras. Cuando regresaron del sepulcro, las mujeres anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana, María (la madre de Santiago) y las demás que estaban con ellas. Pero todas estas palabras les parecían desvaríos y no les creían. Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se asomó, pero sólo vio los lienzos y se regresó a su casa, asombrado por lo sucedido.

En Comentario: Muchas veces nos acercamos a nuestros templos en la misma aptitud de estas discípulas del evangelio, llevando perfumes para embalsamar un cadáver, contando a Jesús entre los muertos, recordando una bonita historia de amor que llegó a su fin. Pero nuestro Padre Dios envía hoy sus mensajeros a rodar la piedra que no nos permite acercarnos al misterio de nuestra Salvación, deja entrar la luz de la fe al oscuro sepulcro para revelarnos algo, sólo nos toca “entrar”, dejarnos “desconcertar” por los signos de Dios, y “recordar su Palabra” que nos anuncia “ha resucitado”.

La vida cambia, nuestra relación con Dios cambia radicalmente, al reconocer de corazón que en verdad Cristo Vive, no en sentido figurado sino real, Jesús vence la muerte, pues no tiene dominio sobre Él, Él es el “Dominus” (el Señor). Una vez que descubrimos esto, surge espontáneamente de nosotros el deseo de compartir “todas estas cosas” con los demás; pero es de esperar, que a muchos de los que nos escuchen les parezcan “desvaríos” nuestras palabras, pues necesitan comprobar por experiencia propia algo tan grande; sin embargo, nuestro anuncio de la Buena Noticia se convierte para ellos en invitación que los anima a moverse y comprobarlo por ellos mismos.

Señor Jesús, que estás aquí Vivo y presente aquí
 y ahora entre nosotros, danos valor para entrar
 en el misterio de tu amor por nosotros expresado en la cruz.
Concédenos guardar tu Palabra y danos la fe, para que así,
Tú seas nuestro único Señor y vivamos creyendo
desde el corazón que estás Vivo. Amén

La Buena Noticia del Viernes Santo

La Buena Noticia del Viernes Santo


Smta. Jaime Valera

 jaimevalera17@hotmail.com  


Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (Jn 18,1–19,42)



En Comentario: Hoy contemplamos la entrega de Cristo por nosotros, Él renunció a todo como Hijo amado y se donó libremente en la cruz. Fue el momento, lugar y modo más apropiado para realizarse la obra salvadora, en tiempos de Poncio Pilatos, a las afueras de Jerusalén… en una cruz, signo de muerte y maldición que sería luego convertida en el trono glorioso donde está el vencedor del mal. 


No es en vano la muerte en cruz, pues los que creen han sido justificados en ella. Ya no hay barrera ninguna entre nosotros y Dios, es decir, tenemos acceso libre a una amistad sincera y verdadera con nuestro Dios y es gracias a Cristo. Lo que no podíamos alcanzar por sí solos, Cristo nos lo alcanzó.  Justificados hemos sido cuando teniendo nosotros algo qué pagar a Dios, su Hijo lo hizo por nosotros, pagó por nuestros pecados y nos trajo salvación, ¡eso es grande!, eso es la prueba perfecta del amor.


Pasión y muerte es el proyecto de todo cristiano que se entrega día a día en el amor a Dios y a los demás, se dona sin esperar nada a cambio; siguiendo la invitación de Cristo renuncia día a día al pecado y asume la propuesta de santidad en su vida personal. 


Pasión es vivir devorado por el fuego que no destruye, por el fuego que impulsa desde las vísceras a testimoniar en el mundo que Dios se deja matar por loco amor hacia la humanidad. Muerte es ser fieles a Dios y renunciar a todo lo que contradice nuestra vocación cristiana, es decirle no al pecado y sí a Dios, es preferirle a él desde ahora y para siempre.


Jesús, Hijo obediente y bueno de Dios, enséñanos a ser hombres y mujeres que vivamos el don ganado por ti en tu pasión y muerte y que se hizo patente en tu resurrección.


Que nuestro proyecto sea el tuyo, pasión y muerte,

pues luego vendrá la resurrección.

Queremos vivir en una plena donación a Dios y a los demás

y que sea sincera y verdadera. Amén.

La Buena Noticia del Jueves Santo

La Buena Noticia del Jueves Santo, C.


Smta. Ramón Nava. 

rnhava7@gmail.com


Juan 13,1-15


Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.


Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”. Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos están limpios”. Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: 


“¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.


Comentario: Hermanos, la Palabra de este día centra su mensaje en el paso del Señor (Ex. 12,12), este paso es liberador, así, el relato que encontramos en el evangelio de hoy, señala que el encuentro está situado antes de la Pascua, la Cena del Señor de la que somos partícipes se da antes para indicar la nueva alianza (1 Co. 11,26) que es dada y ofrecida en el ministerio de Jesús, por ello, esta comensalía, que tendrá su culmen en la cruz, es la prefiguración de la inmolación del cordero.


La escritura nos conduce al momento en que Dios manifiesta su poder liberador, este no viene como los poderes del mundo sino que en el servicio manifiesta su misma divinidad; asimismo, Jesús lava los pies del hombre, no tanto para dar ejemplo a los demás sino para mostrar su verdadera identidad divina, identidad de la que somos partícipes mediante su encarnación (Jn. 1, 12).


Esta acción tiene gran centralidad porque no se da, ni antes ni después de la cena, es justo en medio de ella donde Dios quiere tener su paso liberador, donde Dios se glorifica a sí mismo levantándose para manifestar su poder y su naturaleza, que es el amor; un amor que es incomprensible al hombre pero que nunca se esconde. Ahora, ¿por qué los pies?, en la pascua, es decir, en el paso del Señor restablecido en la nueva alianza, Cristo viene a lavarnos de nuestro caminar, de nuestro recorrido y de nuestra historia misma, para restablecer con nosotros una humanidad nueva encaminada por la sangre y el agua que brotará de su costado.


La Iglesia hoy al igual que siempre debe tener el modelo discipular del Maestro que es el servicio. A partir de este momento, que culminará en la cruz, el reinado de Dios se transforma en servicio, por ello, para la Iglesia servir es reinar. Jesús mediante la Iglesia quiere tomar en sus manos y lavar los pies de un pueblo que camina constantemente en el sufrimiento, en el pecado y que se hace esclavo. Sin embargo, un corazón pervertido y apegado a sus convicciones y seguridades del mundo entrega al Señor. Aunque Jesús se nos da, nosotros al igual que Pedro nos alejamos cuando no tenemos identidad y proximidad con el Maestro.


Te pedimos, Señor, que limpies nuestra sociedad marcada

 muchas veces por la pobreza, la decadencia y la indigencia.

 Transfórmanos de tal modo que nos 

identifiquemos plenamente contigo. Amén

La Buena Noticia del Domingo de Ramos, C.

La Buena Noticia del Domingo de Ramos, C.

Smta. Johan J. Araujo. 
Araujojohan1991@gmail.com 


Mostrando jueves-santo.jpg
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Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas  22, 14-23, 56. Comentario:

El día de Hoy culminamos un hermoso tiempo que nos regala la Santa Madre Iglesia, propicio para revisarnos interiormente, para arrepentirnos de nuestras culpas y volver a la casa del Padre.  La celebración de la Entrada Triunfal de Jesús a Jerusalén, la cual fue en contraposición con lo que se creía sería la manifestación gloriosa del Mesías, da comienzo a lo que después será la mayor experiencia de amor del Padre para con su pueblo, para con nosotros; la Pasión, Muerte y Resurrección de su único Hijo, acontecimiento que se dio en medios de falsas acusaciones, donde los principales implicados eran aquellos mismo que con ramos y palmas aplaudieron y celebraron su entrada en la ciudad.

El relato del evangelista nos centra en el hecho acaecido para nuestra redención, mostrando a un Jesús silente y amoroso esperando en la voluntad del Padre; espera que se ve acompañada de una constante comunicación con el Padre. En medio de sus miedos y angustias como todo humano, se arrodilla y clama al Padre, si es su querer Aparte de él esta copa pero que no se haga su voluntad sino la suya; Jesús conocía el sufrimiento por el cual estaba a punto de padecer, sabiéndose abandonado por los suyos, recurre a su Padre del Cielo para que no lo abandone en el momento de la tribulación, recibe la fuerzas de lo alto y emprende su camino de amor. San Lucas subraya la costumbre de Jesús de retirarse a orar, y así lo evidencia en varias parte del relato de la pasión, en primero lugar ora por sí mismo “Padre, si quieres aparta de mi esta copa. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22, 42), y luego pide por aquellos  que le condenan, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34), reafirmando su invitación a que también nosotros oremos “Oren para que no caigan en tentación.” (Lc. 22,40).

Jesús nos invita hoy a que oremos sin cesar, aun mas en medio de la tribulación, en medio de las situaciones adversas de nuestra vida cotidiana; que oremos fervientemente por quienes nos ayudan, pero también por quienes nos condenan, por quienes son puentes entre Dios y los hombres, y por quienes se convierten en piedra de tropiezo. Hoy en medio de las situaciones poco favorables en las que nos encontramos, en medio de las dificultades personales y comunitarias, imploremos a Dios que si es posible que las aparte de nosotros, pero que no se haga nuestra voluntad, sino la suya.